miércoles, 22 de febrero de 2012

Lorca / Dalí




Título: Lorca/Dalí
Autor: Ian Gibson
Editorial: Plaza & Janés . Barcelona . 1999
Páginas: 307


La relación entre Federico García Lorca y Salvador Dalí es de las más apasionadas, apasionantes y llenas de misterios que se hayan dado entre dos personajes de la cultura española del siglo XX.

A la intensidad del enigma contribuye decisivamente el hecho de que tanto Dalí como Lorca son dos figuras que han adquirido dimensiones de leyenda. Entre el poeta y el pintor hubo un encontronazo de sensibilidades que marcaría sus vidas, influiría en sus obras y se vería sujeto a los vaivenes de la historia.

Si la relación personal entre ambos quedó cercenada por el asesinato del poeta en 1936, Lorca seguiría presente en la obra y los pensamientos de Dalí hasta la muerte de éste en 1989 y hasta el final, el pintor de Figueres definiría la amistad con Federico como la más importante de su vida.

El historiador e hispanista Ian Gibson, uno de los estudiosos más cualificados por su conocimiento de los personajes y su época, ha emprendido la tarea de desentrañar las claves de la simbiosis artística y los desencuentros íntimos que produjo el contacto entre Lorca y Dalí.

El resultado de su investigación es el libro Lorca-Dalí: la pasión que no pudo ser, que acaba de presentarse, publicado por Plaza & Janés. Gibson es acaso el mayor especialista mundial en la figura de García Lorca y así lo atestiguan sus libros sobre el poeta: La represión nacionalista en Granada en 1936 y la muerte de García Lorca (1977), Federico García Lorca I. De Fuentevaqueros a Nueva York (1985), Federico García Lorca II. De Nueva York a Fuente Grande (1987), Guía de la Granada de Federico García Lorca (1989) y Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca (1998). Casi al mismo tiempo que esta última obra, Gibson realizó una minuciosa y certera aproximación a la vida y la obra de Salvador Dalí que cristalizó en su excelente biografía La vida desaforada de Salvador Dalí (1998), publicada por Anagrama. En esta última obra, el autor ya apuntaba la tesis que desarrolla en La pasión que no pudo ser: Federico y Salvador se sentían mutuamente atraídos por algo que tenía elementos de fascinación adolescente y de mutua seducción estética, pero que en esencia era un apasionado amor.

Un amor que se revelaría imposible, no sólo por los prejuicios y tabúes sociales, de los que no se libraban ni siquiera los espíritus libres como el poeta y el pintor, sino por la absoluta negativa de Dalí a reconocer en sí mismo una faceta homosexual que le aterrorizaba, precisamente porque confirmaba sus terrores ante el sexo femenino y su obsesivo complejo de impotencia.

Un amor imposible, asimismo, por la aparición de personajes que separarían definitivamente a ambos amigos. Como Luis Buñuel, autor junto a Dalí de una película emblemática, por lo innovadora, Un perro andaluz (1929) que, además de una obra maestra del arte vanguardista del siglo XX, era una escarnecedora y virulenta burla de Lorca.

BUÑUEL Y GALA

El poeta, que pudo leer el guión poco después del estreno, no se llamó a engaño, como prueba su comentario: «Buñuel ha hecho en París una mierdesita así de pequeñita que se llama El perro andaluz; y el perro andaluz soy yo». Dolido hasta lo más íntimo por la participación de Dalí en la película (concebida y realizada al alimón por el pintor y el cineasta aragonés), Lorca escribió el guión de Viaje a la luna, una cumplida respuesta fílmica a la película de Buñuel y Dalí que también era una innovadora manifestación de inventiva poética y plástica.

El guión, que Lorca regaló a su amigo, el artista mexicano Emilio Amero con el encargo de ponerle imágenes, estuvo perdido durante más de medio siglo y no fue llevado a la pantalla hasta 1998, bajo la dirección del artista Frederic Amat, que logró respetar la poética lorquiana y al mismo tiempo plasmó la potencia y la originalidad de sus imágenes.

El otro personaje que logró alejar a Dalí de Lorca fue Gala, la enigmática rusa casada con Paul Eluard que irrumpió en la vida del artista para no abandonarlo jamás. Diez años mayor que el pintor y con una personalidad complejísima y en apariencia desinhibida, Gala representó para Dalí la materialización de sus sueños eróticos adolescentes y la musa protectora y complaciente a un tiempo que el destino le enviaba para su supervivencia emocional.

Desde que conoció a Gala hasta poco antes de su muerte, Dalí proyectó una imagen de estabilidad heterosexual que no tenía nada que ver con la verdadera naturaleza de sus relaciones, pero que servía a su reputación en la España franquista y en el circuito de la alta sociedad internacional que constituía la clientela de sus obras.

La presencia de Lorca, sin embargo, seguiría siendo constante en su obra a través de alusiones plásticas que el libro de Ian Gibson rastrea meticulosamente y que cobran su mayor intensidad en pinturas dalinianas de finales de los años 20, como Naturaleza muerta al claro de luna (1926-27) o Cenicitas (1928), pero que abarcan hasta el que tal vez sea el último gran cuadro de Dalí, Torero alucinógeno (1969-70), impregnado de evocaciones lorquianas.

ALMAS GEMELAS

Lorca y Dalí se conocieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1923 y entre ellos nació enseguida la amistad. Como escribe Gibson, «tienen, de entrada, mucho en común: ambos han sido marcados por la poesía de Rubén Darío, ambos han perdido a un hermano; admiran por igual a Francia; ambos son de llanura, bellísima llanura con vistas de montaña, y en su adolescencia han adorado la naturaleza con fervor panteísta; los dos aman el mar; ambos son rabiosamente anticlericales; les unen una preocupación apasionada por la injusticia social y una inmensa ambición artística; si Dalí el pintor tiene además talento literario, el poeta Lorca también dibuja; tienen ambos un buen sentido del humor, más sardónico en el caso de Dalí, más bullicioso en el de Lorca; ambos han conocido un temprano éxito local que actúa como estímulo para mayores triunfos; muy importante, ambos padecen una relación muy incómoda con su sexualidad...»

A esa llamativa serie de coincidencias se añaden el ambiente progresista de la Residencia de Estudiantes, la vida nocturna de Madrid, las veladas saturadas de alcohol del hotel Palace, la música de jazz que los dos adoran y, sobre todo, la fulgurante y todavía intacta energía creativa que ambos desbordan.

No es extraño que tal encuentro de dos adolescentes que en lo más íntimo se sentían diferentes diera lugar a peculiares y ambiguas formas de ternura, como el hábito compartido de llamarse «hijito», o a cartas como una de Dalí a Lorca en la que le dice, con su peculiar ortografía «¿Por que me escrives tan poco? ¡Qué japonesito chocolate sutchar más estupendo eres!».

En otra misiva, escrita mientras está pintando su cuadro Academia neocubista (1926) en el que la figura central es una versión marinera de San Sebastián, patrón de Cadaqués, Dalí afirma que «en mi San Sevastian te recuerdo mucho y a veces me parece que eres tú».

Se conservan unas cuarenta cartas de Dalí a Lorca, pero las que el poeta envió al pintor han desaparecido misteriosamente. El autor apunta la hipótesis de que Dalí las conservaba en su casa de Port Lligat y que fueron sustraídas de allí, junto con otros documentos y acaso obras dalinianas, durante los últimos años de vida del pintor.

De todos modos, por cartas dirigidas a otras personas, por los propios dibujos lorquianos (como por ejemplo El beso, de 1927, en que aparecen dos cabezas superpuestas y unidas por los labios que son las del pintor y el poeta) y, sobre todo, por la extraordinaria y entregada Oda a Salvador Dalí, no resulta difícil adivinar los sentimientos del poeta granadino hacia el pintor ampurdanés y su tremenda angustia al sentirse repetidamente rechazado.

PASION FISICA

El libro de Ian Gibson documenta cómo el propio Dalí contó al autor, en una entrevista de 1986, «cuánto le había querido Federico García Lorca. El poeta había sentido por él un intenso amor físico, me dijo. Nada de amor platónico. Dalí hubiera querido corresponderle, pero fue incapaz. A cambio, Lorca había hecho el amor en su presencia con la escuálida pero seductora Margarita Manso».

Este episodio, que al parecer sucedió en Madrid en mayo de 1926, tuvo lugar después de uno de los dos intentos serios de Lorca para acceder a la intimidad física con su amigo (el otro acaeció en Cadaqués).

En 1955, en una entrevista con Alain Bosquet, Salvador Dalí contó que Lorca había tratado de sodomizarle en dos ocasiones, pero que no había ocurrido nada, porque Dalí no era «pederasta» y, además, le «dolía». Sin embargo, Dalí añadió: «Pero yo me sentí muy halagado desde el punto de vista del prestigio. En el fondo, yo me decía que era un maravilloso poeta y que le debía un poco del ojo del c... del Divino Dalí. Al final tuvo que echar mano de una muchacha y fue ella la que me reemplazó en el sacrificio. No habiendo conseguido que yo pusiera el ojo de mi c... a su disposición, me juró que el sacrificio de la muchacha estaba compensado por el suyo propio: era la primera vez que hacía el amor con una mujer».

Federico García Lorca y Salvador Dalí volvieron a encontrarse por última vez en Barcelona a finales de septiembre de 1935, después de siete años sin verse. Al parecer, fue un reencuentro intenso y jubiloso. «Somos dos espíritus gemelos. Aquí está la prueba: siete años sin vernos y hemos coincidido en todo, como si hubiéramos estado hablando diariamente. Genial, genial Salvador Dalí», diría Lorca a Josep Palau Fabre. Pero ya era demasiado tarde.

Federico García Lorca estaba ya comprometido con la izquierda de la República y concitaba el odio de los ultraconservadores, lo que conduciría a su bárbaro asesinato, un año después, nada más comenzar la Guerra Civil de 1936.

Salvador Dalí, por su parte, se disponía a viajar a Italia, París y Nueva York: volvería brevemente tras la Guerra Civil y después permanecería en Norteamérica hasta el año 1948, convertido en una celebridad, prestando su arte onírico a Hitchcock (Recuerda), envuelto por la fama como pintor e iniciando, con la complicidad de Gala, su sólido romance con el dinero.

Del autor de Poeta en Nueva York y Romancero gitano quedaban una memoria imperecedera y un amor que no pudo ser.

Amor sin audacia

Era previsible que un investigador tan riguroso y tenaz como Gibson, biógrafo de excepción de Lorca y Dalí, acabara escribiendo un libro como éste, en el que se estudia la gran atracción que mutuamente se tuvieron el poeta y el pintor. No era nada fácil plantear sin eufemismos esa amistad entre hombres, en la que se mezclaba la admiración y el erotismo, teniendo en cuenta el aún vivo interés de los círculos familiares de Lorca por disimular la homosexualidad de Federico y la insistencia hasta el final de Dalí en la no consumación de ese amor. Gibson se lamenta de la escasez documental. Tan sólo una correspondencia incompleta y algunos testimonios de sus contemporáneos. Pero en realidad esa documentación es harto suficiente como para que esa intensa relación no pueda ser tomada por una fantasía.

El libro hace las biografías paralelas de los dos jóvenes que desembocan en su encuentro en la madrileña Residencia de Estudiantes, el espacio propicio para el flechazo, y en el que intervendrá también el futuro cineasta Luis Buñuel, amigo de los dos pero que sentía un profundo rechazo de la homosexualidad. El deslumbramiento intelectual, las discusiones hasta la madrugada en el dormitorio común, la conmoción que el pintor suscita en el poeta y la satisfacción que le produce a Dalí saberse amado por Federico, son partes cruciales de la meticulosa reconstrucción ensayada por Gibson.

Pero poco nos interesarían los detalles de esta complicada relación entre dos jóvenes de gran proyección futura si esa fascinación no hubiera dejado huellas en la obra de los dos. La época lorquiana de la pintura de Dalí, cuando el poeta reemplaza a la hermana como el modelo de su producción artistica en Cadaqués, y ambos se sentían atraidos por San Sebastián, patrono del pueblo, coincide con las conferencias preparadas por Lorca sobre el mártir cristiano, protector de los homosexuales desde el Renacimiento. Gibson llega incluso a preguntarse si esa atracción de los dos no tendría un ingrediente sadomasoquista, ya que además de su juventud y su cuerpo de efebo, el santo tiene un aliciente adicional para los homosexuales: la analogía entre ciertos detalles sexuales y las flechas que laceran el cuerpo desnudo del joven. Gracias a la experiencia narrativa del historiador el libro combina la amenidad y la erudición. Podemos leerlo de corrido como una novela con personajes reales sin recurrir al aparato crítico, las notas y la bibliografía a las que no se renuncia.

lunes, 24 de octubre de 2011

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